martes, septiembre 29, 2009

Retorno a la Biblioteca de Alejandría (II)

- Vaya, vaya. Mira quien está aquí. - dijo con una sonrisa pícara en la cara.

- ¿Que quieres Laia? - farfulló mientras se levantaba y se sacudía la ropa. Algo innecesario pues no había una pizca de polvo en la estancia.

- Cada vez eres más antipático. Eso me gusta. - dijo mientras lanzaba una mirada perversa. - Te he traido para darte una pequeña pista en relación con el caso.

- Lo siento pero llegas tarde ya he resuelto el caso del alcalde...

- No me hagas reír. No me refiero a esa menudencia. Sabes que no me involucro con tales problemillas mundanos. - Lo interrumpió ella. - Me refiero a otro caso. A uno que estás a punto de aceptar. Aunque aún no lo sabes.

- ¿Vas a intentar contratarme para un caso? Sabes que no trabajaría para tí ni a cambio de las Llaves de Shamballa...

- No, no es para mi. - volvió a interrumpirlo. Misko comenzaba a perder la paciencia. - Y se que lo aceptarás. Cuando sepas de que va el caso, deberás ir a la Biblioteca de Alejandría.

- A tu Torre de marfil no llegan las novedades del fastidioso mundo de los mortales, ¿verdad? Tengo vetada la entrada allí.

- Oh, enternecedor. Mi niño grande está llorando. Tranquilo, este caso hará que tengas acceso a toooodo su material. Tienes mi palabra.

- ¿Por que demonios no me dices de que va y acabamos de una vez? - El joven detective estaba cada vez más enfadado con aquella mujer.

- No puedo tomar partido. Solo puedo inspirar. Soy una musa. Ya lo sabes. Puedo hacerte una sugerencia y tu puedes aceptarla o no.

- Genial. ¿Algo más que inspirar? - Añadió Misko con desidia mientras miraba al suelo. Al levantar la vista esta ya no estaba en su trono. De hecho, no estaba en su campo de visión. Una mano rozó su cuello. Tenía una piel de tacto divino. Desprendía un aroma embriagador. Misko se sentía tentado. La mano se introdujo bajo su sudadera abriéndole la cremallera y dejando al aire una marca.

- Si no tuvieras esto habrías sucumbido ante mi hace tiempo. Aunque obviamente serías más vulnerable a mi voluntad y por lo tanto no me causarías esta sensación. - dijo mientras suspiraba en su oído con deseo contenido. - Es todo cuanto tenía que decirte. Es hora de que vuelvas al despacho del alcalde.

La estancia se difuminó y se encontró mirando desde abajo al alcalde y a Dorian.

- ¿Estás bien?- Preguntó el asistente, aunque lo hizo sin mostrar preocupación ya que era algo relativamente habitual.

- Sí, claro. Creo que tendríamos que volver al despacho. - Dijo el Detective mientras se ponía en pie.

- ¿Qué hay de mi caso?- inquirió el alcalde un tanto perturbado por la escena.

- Su caso. Sí, coge la cajica Dorian, nos la llevamos. - Apuntó el joven mientras se encaminaba a la puerta.

- Pero si sabe que no podrá alejarla mucho de mi lado. - continuó el Alcalde.

- Manzano. Creo que esta vez la caja hará una excepción conmigo.- dijo Misko sonriente. - Ahora si me disculpa tengo que marcharme.

- Está bien, pero por favor resuélvalo a la mayor brevedad. Es muy urgente.

- No se preocupe, pronto estará listo.- Una vez se cercioró de que Dorian había guardado la caja, se acercó a la puerta y la abrió.