miércoles, agosto 26, 2009

Retorno a la Bilbioteca de Alejandría (I)

Misko miraba expectante al alcalde. El edil permanecía impasible. De pie. Mirandolo.

- Bueno, ¿Dónde está?- preguntó el detective un tanto impaciente.

- Lo tiré.- dijo aquel hombrecillo por toda respuesta.

- ¿Qué lo tiró?- interrogó Dorian, incredulo.

- Sí.- Respondió de nuevo impasible.

- ¿Se da cuenta de que esa era la única pista que teníamos para comenzar la investigación?- inquirió Misko apartando la vista hastiado.

- No supondrá ningún problema, puesto que los tengo. - dijo el alcalde con un aire misterioso.

- ¿Lo recuperó de la basura?- cuestionó el ayudante.

- No. Fue muy raro. Esa es la segunda razón por la que recurrí a vosotros. Al llegar al ayuntamiento y subir a mi despacho, abrí mi maletín y... allí estaba. La caja de cartón con aquel objeto y la misma nota.

- ¿Como sabe que eran los mismos?- preguntó impaciente Misko.

- Llamé rápidamente a casa y le pedí a Lenka que mirara en la basura para ver si había allí una caja. Me respondió que no. - dijo el edil como si fuese lo más simple del mundo.

El joven detective paseó durante unos instantes las vista por la habitación. Por los libros de lujosas ediciones, encuadernados en piel y cuyo destino, permanecer en aquellos estantes sin el más mínimo contacto humano salvo quizás el de aquella persona que les quitaba el polvo regularmente, estaba sellado. Al igual que el de Misko.

- He de suponer que ese artefacto como usted lo llama está ligado a usted de alguna forma que en este momento no alcanzo a explicar.- dijo al fin el joven para romper aquel silencio que daba la impresión de que había durado horas.- Necesitaré unas fotos del mismo. Dorian, ¿podrías hacer el favor?

Pero el ayudante ya se había adelantado y había extraido su cámara digital del interior de su mariconera, que siempre lo acompañaba.

El alcalde fue hasta el labrado escritorio. Se sentó en el sillón y se quitó una cadena que colgaba de su cuello y que había estado oculta bajo su camisa. En el extremo colgaba una llave de aspecto antiguo y recargado. La introdujo en el primer cajón y con un chasquido metálico abrió el cierre. Estiró lentamente del tirador, que hizo un ruido que daba a entender que no se abría todos los días.

Tras introducir la mano en el cajón tendió a Misko una caja de cartón cuya base no excedía el tamaño de una carcasa de CD. Este la sopeso un momento. La depositó con sumo cuidado sobre la mesita de café. Extrajo de sus alforjas de tela unas gafas de sol. Totalmente hechas de un plástico naranja y que a simple vista parecían ridículas. Se quitó las gafas de sol que llevaba puestas y se colocó las otras.

Por unos instantes observó el paquete con detenimiento sin atreverse a tocarlo demasiado. Musitó unas palabras en una lengua muerta y frente a él se desvelaron unas runas. Estaban escritas en las esquinas del paquete y al instante el joven detective comprendió de que se trataba. Abrió las solapas de la caja y en ese momento un brillo de color azul eléctrico que solo él pudo ver lo sacudió.

Ya no se encontraba en el despacho del alcalde. Se encontraba en una estancia oscura. Sin ventanas. Se levantó del suelo pues estaba despatarrado bocabajo sobre un manto de piedra fría y húmeda. Una chica pelirroja se encontraba al fondo de la habitación. Sobre un trono de obsidiana que pulcramente esculpido presentaba unas grotescas figuras demoníacas. La chica lo miraba divertida.

Esa cara. La había visto en alguna parte. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era Laia. Antes de que pudiera pensar nada más la chica habló.