- Vaya, vaya. Mira quien está aquí. - dijo con una sonrisa pícara en la cara.
- ¿Que quieres Laia? - farfulló mientras se levantaba y se sacudía la ropa. Algo innecesario pues no había una pizca de polvo en la estancia.
- Cada vez eres más antipático. Eso me gusta. - dijo mientras lanzaba una mirada perversa. - Te he traido para darte una pequeña pista en relación con el caso.
- Lo siento pero llegas tarde ya he resuelto el caso del alcalde...
- No me hagas reír. No me refiero a esa menudencia. Sabes que no me involucro con tales problemillas mundanos. - Lo interrumpió ella. - Me refiero a otro caso. A uno que estás a punto de aceptar. Aunque aún no lo sabes.
- ¿Vas a intentar contratarme para un caso? Sabes que no trabajaría para tí ni a cambio de las Llaves de Shamballa...
- No, no es para mi. - volvió a interrumpirlo. Misko comenzaba a perder la paciencia. - Y se que lo aceptarás. Cuando sepas de que va el caso, deberás ir a la Biblioteca de Alejandría.
- A tu Torre de marfil no llegan las novedades del fastidioso mundo de los mortales, ¿verdad? Tengo vetada la entrada allí.
- Oh, enternecedor. Mi niño grande está llorando. Tranquilo, este caso hará que tengas acceso a toooodo su material. Tienes mi palabra.
- ¿Por que demonios no me dices de que va y acabamos de una vez? - El joven detective estaba cada vez más enfadado con aquella mujer.
- No puedo tomar partido. Solo puedo inspirar. Soy una musa. Ya lo sabes. Puedo hacerte una sugerencia y tu puedes aceptarla o no.
- Genial. ¿Algo más que inspirar? - Añadió Misko con desidia mientras miraba al suelo. Al levantar la vista esta ya no estaba en su trono. De hecho, no estaba en su campo de visión. Una mano rozó su cuello. Tenía una piel de tacto divino. Desprendía un aroma embriagador. Misko se sentía tentado. La mano se introdujo bajo su sudadera abriéndole la cremallera y dejando al aire una marca.
- Si no tuvieras esto habrías sucumbido ante mi hace tiempo. Aunque obviamente serías más vulnerable a mi voluntad y por lo tanto no me causarías esta sensación. - dijo mientras suspiraba en su oído con deseo contenido. - Es todo cuanto tenía que decirte. Es hora de que vuelvas al despacho del alcalde.
La estancia se difuminó y se encontró mirando desde abajo al alcalde y a Dorian.
- ¿Estás bien?- Preguntó el asistente, aunque lo hizo sin mostrar preocupación ya que era algo relativamente habitual.
- Sí, claro. Creo que tendríamos que volver al despacho. - Dijo el Detective mientras se ponía en pie.
- ¿Qué hay de mi caso?- inquirió el alcalde un tanto perturbado por la escena.
- Su caso. Sí, coge la cajica Dorian, nos la llevamos. - Apuntó el joven mientras se encaminaba a la puerta.
- Pero si sabe que no podrá alejarla mucho de mi lado. - continuó el Alcalde.
- Manzano. Creo que esta vez la caja hará una excepción conmigo.- dijo Misko sonriente. - Ahora si me disculpa tengo que marcharme.
- Está bien, pero por favor resuélvalo a la mayor brevedad. Es muy urgente.
- No se preocupe, pronto estará listo.- Una vez se cercioró de que Dorian había guardado la caja, se acercó a la puerta y la abrió.
martes, septiembre 29, 2009
miércoles, agosto 26, 2009
Retorno a la Bilbioteca de Alejandría (I)
Misko miraba expectante al alcalde. El edil permanecía impasible. De pie. Mirandolo.
- Bueno, ¿Dónde está?- preguntó el detective un tanto impaciente.
- Lo tiré.- dijo aquel hombrecillo por toda respuesta.
- ¿Qué lo tiró?- interrogó Dorian, incredulo.
- Sí.- Respondió de nuevo impasible.
- ¿Se da cuenta de que esa era la única pista que teníamos para comenzar la investigación?- inquirió Misko apartando la vista hastiado.
- No supondrá ningún problema, puesto que los tengo. - dijo el alcalde con un aire misterioso.
- ¿Lo recuperó de la basura?- cuestionó el ayudante.
- No. Fue muy raro. Esa es la segunda razón por la que recurrí a vosotros. Al llegar al ayuntamiento y subir a mi despacho, abrí mi maletín y... allí estaba. La caja de cartón con aquel objeto y la misma nota.
- ¿Como sabe que eran los mismos?- preguntó impaciente Misko.
- Llamé rápidamente a casa y le pedí a Lenka que mirara en la basura para ver si había allí una caja. Me respondió que no. - dijo el edil como si fuese lo más simple del mundo.
El joven detective paseó durante unos instantes las vista por la habitación. Por los libros de lujosas ediciones, encuadernados en piel y cuyo destino, permanecer en aquellos estantes sin el más mínimo contacto humano salvo quizás el de aquella persona que les quitaba el polvo regularmente, estaba sellado. Al igual que el de Misko.
- He de suponer que ese artefacto como usted lo llama está ligado a usted de alguna forma que en este momento no alcanzo a explicar.- dijo al fin el joven para romper aquel silencio que daba la impresión de que había durado horas.- Necesitaré unas fotos del mismo. Dorian, ¿podrías hacer el favor?
Pero el ayudante ya se había adelantado y había extraido su cámara digital del interior de su mariconera, que siempre lo acompañaba.
El alcalde fue hasta el labrado escritorio. Se sentó en el sillón y se quitó una cadena que colgaba de su cuello y que había estado oculta bajo su camisa. En el extremo colgaba una llave de aspecto antiguo y recargado. La introdujo en el primer cajón y con un chasquido metálico abrió el cierre. Estiró lentamente del tirador, que hizo un ruido que daba a entender que no se abría todos los días.
Tras introducir la mano en el cajón tendió a Misko una caja de cartón cuya base no excedía el tamaño de una carcasa de CD. Este la sopeso un momento. La depositó con sumo cuidado sobre la mesita de café. Extrajo de sus alforjas de tela unas gafas de sol. Totalmente hechas de un plástico naranja y que a simple vista parecían ridículas. Se quitó las gafas de sol que llevaba puestas y se colocó las otras.
Por unos instantes observó el paquete con detenimiento sin atreverse a tocarlo demasiado. Musitó unas palabras en una lengua muerta y frente a él se desvelaron unas runas. Estaban escritas en las esquinas del paquete y al instante el joven detective comprendió de que se trataba. Abrió las solapas de la caja y en ese momento un brillo de color azul eléctrico que solo él pudo ver lo sacudió.
Ya no se encontraba en el despacho del alcalde. Se encontraba en una estancia oscura. Sin ventanas. Se levantó del suelo pues estaba despatarrado bocabajo sobre un manto de piedra fría y húmeda. Una chica pelirroja se encontraba al fondo de la habitación. Sobre un trono de obsidiana que pulcramente esculpido presentaba unas grotescas figuras demoníacas. La chica lo miraba divertida.
Esa cara. La había visto en alguna parte. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era Laia. Antes de que pudiera pensar nada más la chica habló.
- Bueno, ¿Dónde está?- preguntó el detective un tanto impaciente.
- Lo tiré.- dijo aquel hombrecillo por toda respuesta.
- ¿Qué lo tiró?- interrogó Dorian, incredulo.
- Sí.- Respondió de nuevo impasible.
- ¿Se da cuenta de que esa era la única pista que teníamos para comenzar la investigación?- inquirió Misko apartando la vista hastiado.
- No supondrá ningún problema, puesto que los tengo. - dijo el alcalde con un aire misterioso.
- ¿Lo recuperó de la basura?- cuestionó el ayudante.
- No. Fue muy raro. Esa es la segunda razón por la que recurrí a vosotros. Al llegar al ayuntamiento y subir a mi despacho, abrí mi maletín y... allí estaba. La caja de cartón con aquel objeto y la misma nota.
- ¿Como sabe que eran los mismos?- preguntó impaciente Misko.
- Llamé rápidamente a casa y le pedí a Lenka que mirara en la basura para ver si había allí una caja. Me respondió que no. - dijo el edil como si fuese lo más simple del mundo.
El joven detective paseó durante unos instantes las vista por la habitación. Por los libros de lujosas ediciones, encuadernados en piel y cuyo destino, permanecer en aquellos estantes sin el más mínimo contacto humano salvo quizás el de aquella persona que les quitaba el polvo regularmente, estaba sellado. Al igual que el de Misko.
- He de suponer que ese artefacto como usted lo llama está ligado a usted de alguna forma que en este momento no alcanzo a explicar.- dijo al fin el joven para romper aquel silencio que daba la impresión de que había durado horas.- Necesitaré unas fotos del mismo. Dorian, ¿podrías hacer el favor?
Pero el ayudante ya se había adelantado y había extraido su cámara digital del interior de su mariconera, que siempre lo acompañaba.
El alcalde fue hasta el labrado escritorio. Se sentó en el sillón y se quitó una cadena que colgaba de su cuello y que había estado oculta bajo su camisa. En el extremo colgaba una llave de aspecto antiguo y recargado. La introdujo en el primer cajón y con un chasquido metálico abrió el cierre. Estiró lentamente del tirador, que hizo un ruido que daba a entender que no se abría todos los días.
Tras introducir la mano en el cajón tendió a Misko una caja de cartón cuya base no excedía el tamaño de una carcasa de CD. Este la sopeso un momento. La depositó con sumo cuidado sobre la mesita de café. Extrajo de sus alforjas de tela unas gafas de sol. Totalmente hechas de un plástico naranja y que a simple vista parecían ridículas. Se quitó las gafas de sol que llevaba puestas y se colocó las otras.
Por unos instantes observó el paquete con detenimiento sin atreverse a tocarlo demasiado. Musitó unas palabras en una lengua muerta y frente a él se desvelaron unas runas. Estaban escritas en las esquinas del paquete y al instante el joven detective comprendió de que se trataba. Abrió las solapas de la caja y en ese momento un brillo de color azul eléctrico que solo él pudo ver lo sacudió.
Ya no se encontraba en el despacho del alcalde. Se encontraba en una estancia oscura. Sin ventanas. Se levantó del suelo pues estaba despatarrado bocabajo sobre un manto de piedra fría y húmeda. Una chica pelirroja se encontraba al fondo de la habitación. Sobre un trono de obsidiana que pulcramente esculpido presentaba unas grotescas figuras demoníacas. La chica lo miraba divertida.
Esa cara. La había visto en alguna parte. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era Laia. Antes de que pudiera pensar nada más la chica habló.
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Misko Jones y el caso de la cajica de cartón
miércoles, agosto 19, 2009
Capítulo 1: El clavo ardiente (y II)
Misko tomó asiento junto a Dorian e invitó al alcalde a tomar asiento en su sillón. Aquello era una de las muestras de altanería que Misko prodigaba con esmero. Aunque el alcalde sabiendo que aquel hombre fuera probablemente su única esperanza no dijo nada y se sentó.
- ¿Desean tomar algo? ¿Tienen hambre? ¿Algo de beber quizás?- ofreció el alcalde a aquellos dos hombres.
- Yo tomaré un café con leche. La leche fría si es tan amable. - aceptó Misko.
- Para mí una cerveza con un chorrito de Larios, por favor. - dijo Dorian.
El alcalde fue hasta la mesa. Apretó un botón del interfono y repitió las instrucciones a la persona al otro lado. Añadió un Jack Danield's con hielo a la comanda y se sentó junto a los hombres de nuevo. Tras unos instantes de silencio fue Dorian quien habló.
- Señor alcalde, ¿Cuál es la naturaleza del caso?
- Verán, hace unos días, al levantarme por la mañana para ir al trabajo, encontré junto a mi cama una caja de cartón. En su interior encontré un “artefacto” y una nota.
- ¿Un “artefacto”?- preguntó Dorian estupefacto.
- Sí, un “artefacto”. No sabría definirlo mejor. Mi esposa no llegó a verlo, porque lo oculté rápidamente.
- ¿Y que hay de la nota?- volvió a interrogar Dorian.
- La nota, sí. Me exigía una considerable suma de dinero a cambio de mi vida y la de mi esposa. En otras circunstancias no me habría preocupado y hubiese ido directamente a la policía. Pero la misiva era clara: “Si la policía mete sus narices en esto su mujer y usted no verán un nuevo amanecer.”- concluyó el alcalde al borde de la desesperación. - Ustedes dos son mi única esperanza.
- Creo que no está al tanto de las últimas noticias, alcalde.- dijo Misko dando especial énfasis a esta última palabra con intención de que sonara algo ridículo.- Hace meses que estoy fuera del mercado y en parte es gracias a usted.
El alcalde no respondió. Se limitó a levantarse y ponerse a pasear nervioso. Se debatía entre la ira y la desesperación. En aquel momento, sonó la puerta y la chica que los había hecho pasar entró con lo que había solicitado el alcalde. Lo depositó en la mesa y se quedó de pie junto a esta.
- Gracias, Lenka, puedes retirarte. - dijo el alcalde.
La chica abandonó la habitación no sin antes cruzar una fugaz mirada con el desaliñado detective. El alcalde seguía de pie aunque se había detenido y miraba fijamente a Misko que había echado dos cucharadas de azúcar en su taza y removía el contenido con parsimonia.
- Por favor, señor, tome asiento. Aún no me he negado a llevar su caso. Solo quiero dejar claro que mis servicios le van a costar caro. - expuso Misko como el que hablaba de música y dio un sorbo a su café .
- Tengo dinero. Pagaré lo que sea. - dijo el alcalde entre impaciente y suplicante.
- No, alcalde, se equivoca. No es dinero lo que quiero. - siguió el joven detective.
- Puedo proporcionarle lo que quiera.- Dijo el alcalde exasperado.
- Le cobraré la tarifa normal.- continuó como si no lo hubiera oido- Sin embargo, me gustaría un pequeño extra. Usted, rehabilitará mi imagen y reconocerá públicamente que estaba equivocado. Quiero que limpie mi imagen alcalde. Yo no tuve la culpa de aquello y lo sabe. No pienso cargar con sus mierdas. - comunicó al alcalde sin la más mínima alteración en la voz.- ¿Está de acuerdo con las condiciones?
- Lo que me ofreces es un jodido clavo ardiendo... y lo peor es que lo sabes.- se limitó a decir el alcalde.
- Es un clavo ardiendo para usted y también lo es para mí... Eso lo sabemos ambos. La cuestión es ¿piensa agarrarse a él o quiere caer hasta el fondo del abismo? - Misko había abandonado su actitud distante y miraba con interés al alcalde.
- Está bien. ¿Cuando piensas empezar?
- En cuanto me de la caja y su contenido... - Sentenció Misko.
- ¿Desean tomar algo? ¿Tienen hambre? ¿Algo de beber quizás?- ofreció el alcalde a aquellos dos hombres.
- Yo tomaré un café con leche. La leche fría si es tan amable. - aceptó Misko.
- Para mí una cerveza con un chorrito de Larios, por favor. - dijo Dorian.
El alcalde fue hasta la mesa. Apretó un botón del interfono y repitió las instrucciones a la persona al otro lado. Añadió un Jack Danield's con hielo a la comanda y se sentó junto a los hombres de nuevo. Tras unos instantes de silencio fue Dorian quien habló.
- Señor alcalde, ¿Cuál es la naturaleza del caso?
- Verán, hace unos días, al levantarme por la mañana para ir al trabajo, encontré junto a mi cama una caja de cartón. En su interior encontré un “artefacto” y una nota.
- ¿Un “artefacto”?- preguntó Dorian estupefacto.
- Sí, un “artefacto”. No sabría definirlo mejor. Mi esposa no llegó a verlo, porque lo oculté rápidamente.
- ¿Y que hay de la nota?- volvió a interrogar Dorian.
- La nota, sí. Me exigía una considerable suma de dinero a cambio de mi vida y la de mi esposa. En otras circunstancias no me habría preocupado y hubiese ido directamente a la policía. Pero la misiva era clara: “Si la policía mete sus narices en esto su mujer y usted no verán un nuevo amanecer.”- concluyó el alcalde al borde de la desesperación. - Ustedes dos son mi única esperanza.
- Creo que no está al tanto de las últimas noticias, alcalde.- dijo Misko dando especial énfasis a esta última palabra con intención de que sonara algo ridículo.- Hace meses que estoy fuera del mercado y en parte es gracias a usted.
El alcalde no respondió. Se limitó a levantarse y ponerse a pasear nervioso. Se debatía entre la ira y la desesperación. En aquel momento, sonó la puerta y la chica que los había hecho pasar entró con lo que había solicitado el alcalde. Lo depositó en la mesa y se quedó de pie junto a esta.
- Gracias, Lenka, puedes retirarte. - dijo el alcalde.
La chica abandonó la habitación no sin antes cruzar una fugaz mirada con el desaliñado detective. El alcalde seguía de pie aunque se había detenido y miraba fijamente a Misko que había echado dos cucharadas de azúcar en su taza y removía el contenido con parsimonia.
- Por favor, señor, tome asiento. Aún no me he negado a llevar su caso. Solo quiero dejar claro que mis servicios le van a costar caro. - expuso Misko como el que hablaba de música y dio un sorbo a su café .
- Tengo dinero. Pagaré lo que sea. - dijo el alcalde entre impaciente y suplicante.
- No, alcalde, se equivoca. No es dinero lo que quiero. - siguió el joven detective.
- Puedo proporcionarle lo que quiera.- Dijo el alcalde exasperado.
- Le cobraré la tarifa normal.- continuó como si no lo hubiera oido- Sin embargo, me gustaría un pequeño extra. Usted, rehabilitará mi imagen y reconocerá públicamente que estaba equivocado. Quiero que limpie mi imagen alcalde. Yo no tuve la culpa de aquello y lo sabe. No pienso cargar con sus mierdas. - comunicó al alcalde sin la más mínima alteración en la voz.- ¿Está de acuerdo con las condiciones?
- Lo que me ofreces es un jodido clavo ardiendo... y lo peor es que lo sabes.- se limitó a decir el alcalde.
- Es un clavo ardiendo para usted y también lo es para mí... Eso lo sabemos ambos. La cuestión es ¿piensa agarrarse a él o quiere caer hasta el fondo del abismo? - Misko había abandonado su actitud distante y miraba con interés al alcalde.
- Está bien. ¿Cuando piensas empezar?
- En cuanto me de la caja y su contenido... - Sentenció Misko.
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Misko Jones y el caso de la cajica de cartón
Capítulo 1: El clavo ardiente (I)
El opel corsa del 98 avanzaba lento por las calles atestadas de la ciudad. Dorian conducía de una forma exasperante. Si Misko hubiera estado en condiciones jamás habría dejado que condujera pero la perspectiva de estrellar el coche contra una farola no le seducía demasiado.
Tardaron media hora en recorrer el kilómetro y medio que separaba la oficina de Misko de la casa del alcalde. Cuando llegaron los hicieron pasar de inmediato. El alcalde los estaba esperando. Misko bajó del coche y se alzó sobre su metro setenta. Era moreno y tenía los ojos marrones. Un tipo vulgar y corriente sin duda. Nunca había destacado por su faceta atlética, aunque tenía algo que lo hacía atractivo y producía un efecto en las personas que hacía que confiaran en él nada más conocerlo.
Dorian también bajó del coche. Tenía una estatura similar a la de Misko. En una época no muy lejana debió de ser un tipo bastante delgado pero ahora se notaba el paso de los años en su cuerpo. Podríamos decir que no estaba en su mejor momento físico sin miedo a equivocarnos.
Entraron por la puerta delantera y una chica joven los hizo pasar al despacho que el alcalde tenía en su casa.
Era una habitación cuadrada de unos diez metros de lado. Las paredes estaban cubiertas de estanterías hasta el techo y en ellas se apiñaban hileras de libros. Tras un primer vistazo Misko resolvió que ninguno de aquellos libros se habían leído nunca y probablemente no lo harían jamás.
Había un escritorio con un labrado muy elaborado frente a la puerta y detrás de él unas ventanas que ocupaban la totalidad de lo que habría sido la pared del fondo de la estancia. Aquello le reveló a Misko que seguramente aquel estudio no era utilizado para trabajar sino que allí simplemente se realizaban reuniones que no podían llevarse a cabo en el consistorio. Como la que les ocupaba en aquel momento.
- El alcalde los recibirá en seguida.- Dijo la chica justo antes de cerrar la puerta tras de sí.
Dorian se sentó en un sofá que había en el centro de la estancia frente a una mesita de café y junto a un sillón de orejas que seguramente usaría el alcalde.
Misko se acercó al gran ventanal y miró a través de él. Tenía una panorámica excelente del jardín trasero de la casa, la piscina y más allá de los setos que lo bordeaban podía observarse una cala de difícil acceso y que a efectos prácticos era la playa privada del alcalde.
Súbitamente la puerta se abrió y un hombre bajito y calvo con una barriga prominente entró en la estancia. Dorian se levantó como activado por un resorte. Misko se dio la vuelta lentamente.
- Siéntese, siéntese... - Dijo el alcalde dirigiendose a Dorian. Misko permaneció donde estaba.- Estoy muy contento de que hayan aceptado el caso.
- Aún no lo hemos aceptado, Alcalde.- Dijo Misko sin darle demasiada importancia a lo que acababa de decir.
- Claro, claro... - contestó el alcalde un tanto azorado.
- Hemos de conocer la naturaleza del caso, su dificultad y sus implicaciones antes de dar por supuesto que podremos resolverlo. Espero que no le moleste. Todo lo que aquí se diga será confidencial, tiene mi palabra.- Tranquilizó Misko al alcalde.
- Entiendo.- concedió el alcalde para poner fin a aquel primer asalto que lo había colocado en una posición de debilidad frente a aquellos dos hombres.
Tardaron media hora en recorrer el kilómetro y medio que separaba la oficina de Misko de la casa del alcalde. Cuando llegaron los hicieron pasar de inmediato. El alcalde los estaba esperando. Misko bajó del coche y se alzó sobre su metro setenta. Era moreno y tenía los ojos marrones. Un tipo vulgar y corriente sin duda. Nunca había destacado por su faceta atlética, aunque tenía algo que lo hacía atractivo y producía un efecto en las personas que hacía que confiaran en él nada más conocerlo.
Dorian también bajó del coche. Tenía una estatura similar a la de Misko. En una época no muy lejana debió de ser un tipo bastante delgado pero ahora se notaba el paso de los años en su cuerpo. Podríamos decir que no estaba en su mejor momento físico sin miedo a equivocarnos.
Entraron por la puerta delantera y una chica joven los hizo pasar al despacho que el alcalde tenía en su casa.
Era una habitación cuadrada de unos diez metros de lado. Las paredes estaban cubiertas de estanterías hasta el techo y en ellas se apiñaban hileras de libros. Tras un primer vistazo Misko resolvió que ninguno de aquellos libros se habían leído nunca y probablemente no lo harían jamás.
Había un escritorio con un labrado muy elaborado frente a la puerta y detrás de él unas ventanas que ocupaban la totalidad de lo que habría sido la pared del fondo de la estancia. Aquello le reveló a Misko que seguramente aquel estudio no era utilizado para trabajar sino que allí simplemente se realizaban reuniones que no podían llevarse a cabo en el consistorio. Como la que les ocupaba en aquel momento.
- El alcalde los recibirá en seguida.- Dijo la chica justo antes de cerrar la puerta tras de sí.
Dorian se sentó en un sofá que había en el centro de la estancia frente a una mesita de café y junto a un sillón de orejas que seguramente usaría el alcalde.
Misko se acercó al gran ventanal y miró a través de él. Tenía una panorámica excelente del jardín trasero de la casa, la piscina y más allá de los setos que lo bordeaban podía observarse una cala de difícil acceso y que a efectos prácticos era la playa privada del alcalde.
Súbitamente la puerta se abrió y un hombre bajito y calvo con una barriga prominente entró en la estancia. Dorian se levantó como activado por un resorte. Misko se dio la vuelta lentamente.
- Siéntese, siéntese... - Dijo el alcalde dirigiendose a Dorian. Misko permaneció donde estaba.- Estoy muy contento de que hayan aceptado el caso.
- Aún no lo hemos aceptado, Alcalde.- Dijo Misko sin darle demasiada importancia a lo que acababa de decir.
- Claro, claro... - contestó el alcalde un tanto azorado.
- Hemos de conocer la naturaleza del caso, su dificultad y sus implicaciones antes de dar por supuesto que podremos resolverlo. Espero que no le moleste. Todo lo que aquí se diga será confidencial, tiene mi palabra.- Tranquilizó Misko al alcalde.
- Entiendo.- concedió el alcalde para poner fin a aquel primer asalto que lo había colocado en una posición de debilidad frente a aquellos dos hombres.
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Capitulo 0: El retrato
Misko se encontraba desparramado en el sofá con una taza de calimoxo recien hecho. Dorian estaba frente a él y lo miraba con una expresión entre el apremio y la desesperación.
- Tenemos que salir para allá inmediatamente.- dijo al fin Dorian.
- Pero, ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? - Aquellas palabras iban más dirigidas a si mismo que al hombre que tenía frente a él. No obstante, aquel tipo bajito y delgado se dispuso a contestar.
- No lo se. Quizás porque saben que eres el mejor o quizás porque saben que no te negarás, en vista del poco trabajo que has tenido estos meses. - dicho esto se interrumpió. Sabía que aquella frase había herido más a Misko que si le hubiese propinado un guantazo en la cara. Aún así continuó. - No obstante, te han requerido. Es tu deber acudir. Además, sabes que tienes que pagar las facturas y que el dinero ya casi no alcanza para cubrir este mes.
Misko lo miró a los ojos. Fue una mirada furibunda. Cargada de odio. Se tornó en comprensión tras unos segundos. Dorian tenía razón. Tenía que pagar las facturas y tenía que empezar a enmendar las múltiples cagadas de meses atrás. Y este era un caso tan bueno como cualquier otro para empezar.
- Está bien. Lo haremos. Pero solo porque hay que pagar las facturas. - Puntualizó. Más para convencerse a si mismo que a su interlocutor. - Será mejor que me de una ducha. Puedes ir mientras a por el coche... Y creo que deberías de conducir tú.
- Informaré al alcalde de que vamos para allá. - Añadió Dorian mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. Parecía que Misko comenzaba a recuperarse y eso alegraba a su amigo. - Sabes que haces lo correcto. Te esperaré fuera, en el coche.- Dicho esto, enfiló la puerta y salió de la habitación.
Misko, se dejó caer aún más en el sillón. Aquel caso para el alcalde era el primero que le llegaba en más de un mes y el primero serio desde hacía casi un año. Dejó caer el brazo derecho en el sofá y este dió con algo duro. Al apartar la mano para ver que era descubrió un fino marco de plata con la foto de una joven dentro.
Soltó la taza de calimoxo en la mesita de té que tenía enfrente y cogió el retrato con ambas manos. Lo levantó hasta tenerlo a la altura de los ojos. Una chica rubia con el pelo ligeramente rizado le devolvía la mirada con unos ojos grises. Dejó caer la imagen en su regazo. Una solitaria gota calló sobre el cristal que la cubría. La apartó suavemente y se levantó del sofá.
- Próxima parada, la ducha. - Dijo con un tono alegre tan forzado que nadie que lo hubiese escuchado se hubiese tragado. Afortunadamente para él, se encontraba solo en ese instante.
- Tenemos que salir para allá inmediatamente.- dijo al fin Dorian.
- Pero, ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? - Aquellas palabras iban más dirigidas a si mismo que al hombre que tenía frente a él. No obstante, aquel tipo bajito y delgado se dispuso a contestar.
- No lo se. Quizás porque saben que eres el mejor o quizás porque saben que no te negarás, en vista del poco trabajo que has tenido estos meses. - dicho esto se interrumpió. Sabía que aquella frase había herido más a Misko que si le hubiese propinado un guantazo en la cara. Aún así continuó. - No obstante, te han requerido. Es tu deber acudir. Además, sabes que tienes que pagar las facturas y que el dinero ya casi no alcanza para cubrir este mes.
Misko lo miró a los ojos. Fue una mirada furibunda. Cargada de odio. Se tornó en comprensión tras unos segundos. Dorian tenía razón. Tenía que pagar las facturas y tenía que empezar a enmendar las múltiples cagadas de meses atrás. Y este era un caso tan bueno como cualquier otro para empezar.
- Está bien. Lo haremos. Pero solo porque hay que pagar las facturas. - Puntualizó. Más para convencerse a si mismo que a su interlocutor. - Será mejor que me de una ducha. Puedes ir mientras a por el coche... Y creo que deberías de conducir tú.
- Informaré al alcalde de que vamos para allá. - Añadió Dorian mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. Parecía que Misko comenzaba a recuperarse y eso alegraba a su amigo. - Sabes que haces lo correcto. Te esperaré fuera, en el coche.- Dicho esto, enfiló la puerta y salió de la habitación.
Misko, se dejó caer aún más en el sillón. Aquel caso para el alcalde era el primero que le llegaba en más de un mes y el primero serio desde hacía casi un año. Dejó caer el brazo derecho en el sofá y este dió con algo duro. Al apartar la mano para ver que era descubrió un fino marco de plata con la foto de una joven dentro.
Soltó la taza de calimoxo en la mesita de té que tenía enfrente y cogió el retrato con ambas manos. Lo levantó hasta tenerlo a la altura de los ojos. Una chica rubia con el pelo ligeramente rizado le devolvía la mirada con unos ojos grises. Dejó caer la imagen en su regazo. Una solitaria gota calló sobre el cristal que la cubría. La apartó suavemente y se levantó del sofá.
- Próxima parada, la ducha. - Dijo con un tono alegre tan forzado que nadie que lo hubiese escuchado se hubiese tragado. Afortunadamente para él, se encontraba solo en ese instante.
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