miércoles, agosto 19, 2009

Capítulo 1: El clavo ardiente (I)

El opel corsa del 98 avanzaba lento por las calles atestadas de la ciudad. Dorian conducía de una forma exasperante. Si Misko hubiera estado en condiciones jamás habría dejado que condujera pero la perspectiva de estrellar el coche contra una farola no le seducía demasiado.

Tardaron media hora en recorrer el kilómetro y medio que separaba la oficina de Misko de la casa del alcalde. Cuando llegaron los hicieron pasar de inmediato. El alcalde los estaba esperando. Misko bajó del coche y se alzó sobre su metro setenta. Era moreno y tenía los ojos marrones. Un tipo vulgar y corriente sin duda. Nunca había destacado por su faceta atlética, aunque tenía algo que lo hacía atractivo y producía un efecto en las personas que hacía que confiaran en él nada más conocerlo.

Dorian también bajó del coche. Tenía una estatura similar a la de Misko. En una época no muy lejana debió de ser un tipo bastante delgado pero ahora se notaba el paso de los años en su cuerpo. Podríamos decir que no estaba en su mejor momento físico sin miedo a equivocarnos.

Entraron por la puerta delantera y una chica joven los hizo pasar al despacho que el alcalde tenía en su casa.

Era una habitación cuadrada de unos diez metros de lado. Las paredes estaban cubiertas de estanterías hasta el techo y en ellas se apiñaban hileras de libros. Tras un primer vistazo Misko resolvió que ninguno de aquellos libros se habían leído nunca y probablemente no lo harían jamás.

Había un escritorio con un labrado muy elaborado frente a la puerta y detrás de él unas ventanas que ocupaban la totalidad de lo que habría sido la pared del fondo de la estancia. Aquello le reveló a Misko que seguramente aquel estudio no era utilizado para trabajar sino que allí simplemente se realizaban reuniones que no podían llevarse a cabo en el consistorio. Como la que les ocupaba en aquel momento.

- El alcalde los recibirá en seguida.- Dijo la chica justo antes de cerrar la puerta tras de sí.

Dorian se sentó en un sofá que había en el centro de la estancia frente a una mesita de café y junto a un sillón de orejas que seguramente usaría el alcalde.

Misko se acercó al gran ventanal y miró a través de él. Tenía una panorámica excelente del jardín trasero de la casa, la piscina y más allá de los setos que lo bordeaban podía observarse una cala de difícil acceso y que a efectos prácticos era la playa privada del alcalde.

Súbitamente la puerta se abrió y un hombre bajito y calvo con una barriga prominente entró en la estancia. Dorian se levantó como activado por un resorte. Misko se dio la vuelta lentamente.

- Siéntese, siéntese... - Dijo el alcalde dirigiendose a Dorian. Misko permaneció donde estaba.- Estoy muy contento de que hayan aceptado el caso.

- Aún no lo hemos aceptado, Alcalde.- Dijo Misko sin darle demasiada importancia a lo que acababa de decir.

- Claro, claro... - contestó el alcalde un tanto azorado.

- Hemos de conocer la naturaleza del caso, su dificultad y sus implicaciones antes de dar por supuesto que podremos resolverlo. Espero que no le moleste. Todo lo que aquí se diga será confidencial, tiene mi palabra.- Tranquilizó Misko al alcalde.

- Entiendo.- concedió el alcalde para poner fin a aquel primer asalto que lo había colocado en una posición de debilidad frente a aquellos dos hombres.

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